Qué más puede la tierra Alex Maldonado Lizardi

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Su voz es la de un Job en pantalones cortos que, sentado frente a un malecón, trata de interpretar la lengua muerta de las olas, asumiendo de antemano que todo será anegado por ellas. Por eso alcanza en ciertos momentos la tensión de una negociación ya perdida: Considera los cuervos/ deja que se detengan/ al pie de los bancos… No hay súplica en la voz poética, solo un último intento para que el insondable castigo llegue con menos furia, como sucede con las cosas inmensas que avanzan aplastando sin consideraciones personales. Algo de la grave culpa milenaria hace que pervivamos dentro del poemario sin abandonarnos al zeigeist que nos hace adjurar de una poesía que solo admitimos, allá a lo lejos, en Sor Juana Inés de la Cruz o en Rumi y, aún más, que reconozcamos en ella los códigos culturales que inevitablemente nos forjaron: Considéralos/ ellos aprenderán y ajustarán/ el elegante entuerto en una duda/ busca el regalo/ de los troncos/ al que acuden las mariposas/ sin siembras ni cosechas. Cuando escuché por primera vez una lectura de Alex Maldonado Lizardi, y al dejarme imborrable la imagen de un caballo que sobrevive de pie a la inundación, supe que en su poesía habitaba otro registro que debía entender, aprehender, tanto como estuve de pie largos minutos ante las ventanas que daban hacia la tierra en aquella librería josefina. No espero su explicación en ningún momento. La leo y voy siguiendo mis propias fracturas subterráneas. Me reconozco en esa búsqueda. Y sí, hace muchísimos años, también pasó por mí. Les invito a leer este bello libro para que conozcan, también, lo que ha pasado. ¿Qué más puede la tierra?”


— Fabricio Estrada